Cuando lees sobre Lanzarote, la isla siempre empieza en el mismo sitio: en 1730, con el volcán. O en 1966, con Manrique. Como si antes no hubiera nada.

Pero antes hubo mil años de gente. Hombres y mujeres que cruzaron el Atlántico en algún momento perdido de la antigüedad, se plantaron en una roca volcánica sin ríos y vivieron aquí durante siglos, con cabras, cerámica y una lengua que ya no habla nadie.

Se llamaban —o los llamamos— los majos. Y su historia es la parte de Lanzarote que casi ningún sitio te cuenta.

Ruinas circulares de piedra del poblado majo con montañas volcánicas al fondo
Ruinas circulares de piedra del poblado majo con montañas volcánicas al fondo

Quiénes eran

Los majos (a veces escrito mahos) eran los habitantes de Lanzarote y Fuerteventura antes de la llegada de los europeos. Sus parientes de las otras islas tienen otros nombres — los guanches, por ejemplo, eran los de Tenerife, aunque hoy se use ese nombre para todos.

De dónde venían: del norte de África. La genética, la lengua y la cultura material apuntan al mundo bereber (amazigh). Cuándo llegaron es harina de otro costal: las dataciones se han revisado varias veces y siguen discutiéndose. Lo seguro es que fue siglos antes de la era cristiana y que cuando llegaron los europeos, en el 1400, ya llevaban aquí muchísimo tiempo.

Y aquí está el enigma que nadie ha resuelto del todo: llegaron por mar… y luego no navegaban. Cuando aparecieron los conquistadores, los majos no tenían barcos capaces de ir a Fuerteventura, que se ve desde la orilla. Llegaron a una isla y se quedaron encerrados en ella. Nadie sabe con certeza por qué.

El nombre

la explicación más repetida es que viene de «maho», el calzado de piel de cabra que usaban. Es una hipótesis, no un hecho. También de ahí saldría Majorata o Maxorata, el nombre viejo de Fuerteventura.

Y la isla no se llamaba Lanzarote. Se llamaba Titerogaka (o Titeroygatra, según la crónica). El nombre actual llegó después, y llegó de fuera: de Lancelotto Malocello, un navegante genovés que apareció por aquí alrededor de 1312 y se quedó unos veinte años. Una isla entera que perdió su nombre y se quedó con el de un extranjero de paso.

Cómo se vive mil años en una roca sin agua

Sin ríos. Sin apenas lluvia. Sin metales. Sin árboles grandes. Y aun así:

  1. Cabras, ovejas y cerdos. La ganadería era la base. La cabra —otra vez la cabra— es el animal que explica esta isla entera.
  2. Cebada y trigo, tostados y molidos: el gofio. Lo que comían ellos es lo que sigues comiendo tú hoy. Platos típicos de Lanzarote
  3. Cerámica a mano, sin torno: los gánigos, vasijas oscuras hechas con barro y picón.
  4. Casas semienterradas de piedra seca, con muros gruesos contra el viento, y cuevas volcánicas.
  5. Marisco y pescado de orilla: los concheros —montones de conchas junto a la costa— son de los rastros más abundantes que dejaron.

Vivían en poblados. Y tenían rey: la crónica habla de un mencey o jefe, con su corte, su sitio y sus normas.

Zonzamas: el «Palacio» que casi nadie visita

El yacimiento de Zonzamas, en el centro de la isla, era el asentamiento principal: la sede del poder majo. Y es el único yacimiento de Canarias que se conoce con el sobrenombre de «Palacio».

Lo que hay allí:

  1. Las casas hondas: un poblado de construcciones semisubterráneas, parcialmente rodeado de una muralla de piedra. Se excavaba hacia abajo, no hacia arriba: contra el viento, contra el calor, contra todo.
  2. La Cueva de los Majos, también llamada Palacio de Zonzamas.
  3. La quesera de Zonzamas: una roca con canales tallados, como una bandeja de piedra. El nombre engaña —aquí no se hacía queso—, y lo más aceptado es que fueran espacios rituales, de ofrendas. La verdad es que no lo sabemos.
  4. La Peña del Letrero, con grabados que llevan siglos ahí, mirando.

Y el dato que lo resume: los arqueólogos que lo excavan hablan de 1.300 años acumulados en el mismo sitio. Historia sobre historia, capa sobre capa: majos, y encima de los majos, todos los demás.

Se puede visitar, y es gratis. El Cabildo, junto con la empresa de arqueología Tibicena, organiza visitas guiadas gratuitas con arqueólogo, en grupos pequeños (unas 20-25 personas) y con inscripción previa. Se anuncian en las redes del Cabildo y se reservan en la web de Tibicena. Las plazas vuelan.
Consulta las fechas del momento: han ido cambiando (ha habido turnos entre semana por la mañana y también en fin de semana). Y ojo: el transporte no está incluido, hay que llegar por tu cuenta.
Aviso honesto

esto no es Timanfaya. No hay autobús, ni tienda, ni audioguía. Son piedras en un campo. Por eso la visita guiada lo cambia todo: sin alguien que te lo cuente, ves un muro; con él, ves una casa.

Y la buena noticia

el Cabildo trabaja para convertirlo en un parque arqueológico con museo de sitio. Va con retraso, pero va.

Y no es el único

hay más visitas guiadas gratuitas a Fiquinineo (la Peña de las Cucharas), otro yacimiento de la isla.

El detalle que lo cambia todo

Cerca de Teguise, en un lugar llamado El Bebedero, han aparecido fragmentos de cerámica romana. Ánforas. Aquí, en una isla que supuestamente nadie visitaba.

Qué significa exactamente se discute todavía: ¿comercio?, ¿una expedición?, ¿un naufragio? Pero apunta a algo grande: los majos no estaban tan solos como creíamos. Alguien del Mediterráneo llegó hasta esta roca hace dos mil años, y luego el mundo se olvidó de ella durante mil.

El final: 1402

En el siglo XIV, los europeos empezaron a venir a por esclavos. Durante décadas, la isla vivió razzias: llegaban barcos, se llevaban gente y se iban. Cuando por fin llegó la conquista, la población ya estaba diezmada y agotada.

En 1402, el normando Jean de Béthencourt —con Gadifer de La Salle, y con la bendición de la corona de Castilla— desembarcó en el sur de Lanzarote y fundó Rubicón: el primer asentamiento europeo de Canarias, y desde ahí, el primer obispado. La conquista del Atlántico empezó aquí, en esta isla, y de aquí siguió a América.

El último jefe majo se llamaba Guadarfía. Resistió, negoció, se bautizó y acabó sometiéndose.

Y luego pasó lo que da nombre a este blog y a media isla: Teguise, la hija de Guadarfía, se casó con Maciot de Béthencourt, el sobrino del conquistador. La capital de Lanzarote durante cuatro siglos lleva el nombre de una mujer maja.

Un apunte

casi todo lo que sabemos de estos años viene de Le Canarien, la crónica de la conquista. Es decir: lo escribieron los vencedores. Léelo sabiendo eso.

Qué queda hoy de los majos

Más de lo que parece, si sabes mirar:

  1. Los nombres. Timanfaya, Tinajo, Tahíche, Guatiza, Máguez, Yaiza, Femés, Guanapay, Zonzamas, Teguise… El mapa de Lanzarote está escrito en una lengua muerta. La conduces todos los días.
  2. El gofio. Sigue en las cartas. Lo comían ellos.
  3. La cabra. Sigue siendo la base de la comida de aquí.
  4. Los yacimientos: Zonzamas, la Peña del Letrero, las queseras, los concheros de la costa.
  5. La genética. Los estudios muestran que la población canaria actual conserva una huella norteafricana considerable. No desaparecieron: se mezclaron.

Preguntas frecuentes

¿Quiénes eran los majos?
Los habitantes aborígenes de Lanzarote y Fuerteventura antes de la conquista europea, de origen bereber norteafricano. En Tenerife eran los guanches; aquí, los majos.
¿Los majos y los guanches son lo mismo?
No exactamente. «Guanche» era el nombre de los aborígenes de Tenerife, aunque hoy se use en general para todos los de Canarias. Los de Lanzarote eran los majos.
¿Cómo se llamaba Lanzarote antes?
Titerogaka (o Titeroygatra). El nombre actual viene de Lancelotto Malocello, un navegante genovés que llegó hacia 1312.
¿Cuándo llegaron a la isla?
Siglos antes de la era cristiana. La fecha exacta se sigue discutiendo: desconfía de cualquier web que te dé una cifra redonda sin matices.
¿Quién fue Guadarfía?
El último jefe majo de Lanzarote, el que se enfrentó a la conquista de Béthencourt en 1402 y acabó sometiéndose. Su hija, Teguise, dio nombre a la antigua capital.
¿Se puede visitar el yacimiento de Zonzamas?
Sí, y gratis. El Cabildo y la empresa Tibicena organizan visitas guiadas con arqueólogo, en grupos reducidos y con inscripción previa (se reservan en la web de Tibicena y se anuncian en las redes del Cabildo). Las fechas van cambiando y las plazas se agotan: mira con antelación. El transporte va por tu cuenta.
¿Merece la pena sin visita guiada?
Poco. Son estructuras de piedra sin cartelería ni servicios: sin alguien que te lo explique, ves un muro. Con arqueólogo, ves un poblado de 1.300 años.
¿Desaparecieron los majos?
No del todo. Murieron muchos por las razzias, la guerra y las enfermedades, pero la población se mezcló: los estudios genéticos muestran que la huella norteafricana sigue ahí.

Mañana, cuando conduzcas hacia Timanfaya por Tinajo, o subas a Máguez desde Guatiza, acuérdate de esto: estás pronunciando palabras de una lengua que ya no habla nadie.

Los majos no dejaron pirámides ni catedrales. Dejaron algo más raro: el nombre de casi todo lo que ves. Llevan seiscientos años callados y siguen diciéndote dónde estás.